Cierta ocasión, dijo el Maestro que sólo la Verdad hará libre al hombre; y, quizá porque no le pudiese comprender, de inmediato, la vasta extensión de la afirmativa, le preguntó Pedro, en el culto doméstico:
—Señor, ¿qué es la Verdad?
Jesús exhibió en su rostro una enigmática expresión y contestó:
— La Verdad total es la Luz Divina total; sin embargo, el hombre aún está lejos de soportarle la sublime fulguración.
Reparando, sin embargo, que el pescador continuaba hambriento de nuevos esclarecimientos, el Amigo Celeste meditó algunos minutos y habló:
— En una caverna oscura, donde la claridad nunca llegó, se encontraba cierto devoto, implorando el socorro divino. Se declaraba el más infeliz de los hombres, no obstante, en su ceguera, sentirse el mejor de todos. Reclamaba contra el ambiente fétido en que se encontraba. El aire apestado lo sofocaba — decía él en gritos conmovedores. Pedía una puerta libertadora que lo condujese a convivir con el día claro. Se consideraba robusto, apto, aprovechable. ¿Por qué motivo era conservado allí, en aquel aislamiento doloroso? Lloraba y gritaba, sin ocultar aflicciones y exigencias. ¿Qué razones lo obligaban a vivir en aquella atmósfera insoportable?
Notando Nuestro Padre que aquel hijo formulaba súplicas incesantes, entre la revuelta y la amargura, profundamente compadecido le envió la Fe.
La sublime virtud lo exhortó a confiar en el porvenir y a persistir en la oración.
El infeliz se consoló, de algún modo, pero, en breve tiempo, volvió a lamentarse.
Quería huir del basurero y, como se le aumentaron las lágrimas, el Todopoderoso le mandó la Esperanza.
La emisaria le acarició la frente sudorosa y le habló de la eternidad de la vida, buscando secarle el llanto desesperado. Para eso, le rogó calma, resignación, fortaleza.
El pobre pareció mejorar, pero, transcurridas algunas horas, retomó la lamentación.
No podía respirar — clamaba, con desaliento.
Condolido, determinó el Señor que la Caridad lo buscase.
La nueva mensajera lo acarició y alimentó, dirigiéndole palabras de cariño, como si fuera madre abnegada.
Pero, porque el miserable prosiguiese gritando, revoltoso, el Padre Compasivo le envió la Verdad.
Cuando la portadora del esclarecimiento se hizo sentir en la forma de una gran luz, el infortunado, entonces, se vio tal cual era y se aterrorizó. Su cuerpo era un conjunto monstruoso de llagas pestilentes de la cabeza a los pies y, ahora, percibía, espantado, que él mismo era el autor de la atmósfera intolerable en que vivía. El pobre tembló tambaleante, y, notando que la Verdad serena le abría la puerta de la liberación, se horrorizó de sí mismo; sin coraje de pensar en su propia curación, lejos de encarar a la visitante, frente a frente, para aprender a limpiarse y a purificarse, huyó, despavorido, en busca de otra caverna donde pudiese esconder la propia miseria que sólo entonces reconocía.
El Maestro hizo una larga pausa y terminó:
— Así ocurre con la mayoría de los hombres, delante de la realidad. Se sienten con derecho al recibimiento de todas las bendiciones del Eterno y gritan fuertemente, implorando la ayuda celestial.
Mientras están amparados por la Fe, por la Esperanza o por la Caridad, se consuelan y desconsuelan, creen y no creen, tímidos, irritados y titubeantes; pero, cuando la Verdad brilla delante de ellos, revelándoles la condición en que se encuentran, suelen huir, apresurados, en busca de escondrijos tenebrosos, dentro de los cuales puedan cultivar la ilusión.
—//—
Así somos nosotros, luchamos por esconder nuestros defectos de los ojos de nuestros compañeros de caminada espiritual. Sin embargo Cristo anunció que nada se quedaría oculto. El perispiritu, nuestro traje espiritual transmite la realidad de lo que somos, habla más alto que nuestras palabras y que nuestros actos. También nuestro pensamiento, sale de nosotros y consubistanciado en materia, hace que la energía que emitimos llegue hasta el mundo mental de los que nos rodean, haciendoles conocedores de lo que realmente sentimos hacía ellos.
Cristo nos dejo la solución, cuando afirmó que la verdad nos haría libres. Porque el contacto con la verdad ha de impelirnos a cambios profundos, mismo porque al ser totalmente imposible ocultar la realidad nuestro mundo íntimo, solo nos queda transformarnos o huir como el amigo del cuento.
Cuando alguien descubre una verdad incomoda sobre nosotros, ¿de quién es la responsabilidad? Del compañero espírita que tiene la sensibilidad de ser consciente de los señales de nuestra personalidad que gritan a todo instante cual es el contenido de nuestros corazones o nuestra responsabilidad, por aún ser el hombre viejo que aún no ha realizado sus potencialidades.
Lo que somos habla tan alto, que no deja que los demás escuchen lo que decimos. Vayamos de encuentro a nosotros mismos. No hagamos ya como el amigo del cuento anterior, que enfrentado a su mundo intimo huyó.
Libertémonos de las cadenas que aún nos retienen en los paisajes de sombra y dolor de nuestro mundo interior. Dejemos a un lado el orgullo a cerca de quien deseamos ser y aceptemos lo que hoy somos.
Cuantas veces hemos consumido toda nuestra energía en quejarnos de nuestro entorno familia ( en el cuento el ambiente fétido ), de el poco comprendidos y aprovechados que somos ( en el cuento nuestro amigo se ve robusto, aprovechable ). No sigamos más distrayéndonos y aceptemos la llamada de la amiga verdad, que viene libertarnos.
Dirijamos nuestras preocupaciones, no a cerca de lo que los demás saben sobre nosotros, pero sobre el poco que nosotros hemos podido aprender y confesarnos sobre nosotros mismos.
¡Qué la paz del Cristo y la luz de la verdad que él nos dejo guíe nuestros pasos!